Death In 35mm

Tufo y grandeza. 

Anacronismo y quietud en los muchachos retratados por Ale Dillor.

Arrabal;

borregos Amansados. 

Sobre un banquito de plaza

se rompe la quietud

 

Desde los escombros llega a nosotros un murmullo: una charla de muchachos a la hora en que tocan las campanas. Ejercicio de memoria. Pasolini ya nos confirió hace tiempo la habilidad de poder oír y ver entre penumbras. Nos señala el vuelo de la última golondrina y nos invita a una confesión que presume secularidad. Pero la mirada franca de los muchachos es más sacra que cualquier reliquia en el mundo.

 

Como un presagio.

Un lento olor a vos.

Noble sosiego en los pliegues calientes de tu short deportivo

Miramos un cuadro de Tiziano que me aburre, 

en la pantalla de tu móvil. 

Pixeles muertos como fascistas. 

 

¿Tufo y grandeza 

O Tufo y tugurio?

— Es igual, posta te digo que es igual.

Huele a cálidos andrajos

Y a tus pies

Y nadie más que nosotros dos.

 

Las urbes quedan atrás. El sol ya bajo y entonces… llegan los muchachos a derrumbar todos estos templos de una vez por todas. Desfachatados en tropas y en serpentinas, subidos a sus motitos de delivery. Tienen encendedores en sus mochilas para intentar prenderlo todo. 

 

Rudos, sinceros

No es hegemonía la masculinidad

que vaticinan 

como el estandarte que vendrá

 

Idénticos a los que en otro tiempo y lugar vestían de gala para las fiestas de domingo son estos que hoy comparten una birra tibia al costado del skatepark con las farolas quietas, las zapatillas rotas. 

 

… Lontano fanciullo peccattore.

 

Los tiempos se agolpan y Alejo —fiel testigo de esta epopeya sin amor—  lo sabe. Conoce el secreto que esconden las fachadas sucias de estos muchachos con el lomo roto de trabajo y calor.

 

La bestia sube de abajo.

Descarrila invirtiendo en escudos que no valen un Tiziano. 

San marcos y los muertos vivientes 

Y los muchachos 

Sólo tienen la lealtad del otro

Y así…

Amasijados

—Neo-barroso tardío mediante—

Se abren paso.  

 

Roce clandestino que subsiste y escapa de sus bocas. El bolsillo con el celular que no deja de sonar y arruina el momento. El bolsillo que tiene un perfume de futbol con amigos. La campera, donde se limpia el aceite de las papas fritas. Una gota tostada de sudor sucio que le baja desde los muslos compite con la botella de birra que se asa en su mano.

 

Los dos chicos no están sentados en un banco de plaza. No. Están rancheando sobre los restos del Laocoonte que acaban de moler a palos. Ahora todo es polvo. Hablan de sus novias pero ellas no están ahí. Ahora. Ahora están solos. El celular ya no suena. Ya no hay memes de Caravaggio.  

 

El milagro llega cuando se miran entre tinieblas. 

 

Fabro Tranchida

Venecia, agosto de 2020. 

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